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La cena familiar más numerosa se da entre Nochebuena y Nochevieja, el 29 de diciembre de 2025. El escenario elegido es Casa Paco El Charro, un restaurante con el que cada uno de los comensales guarda un vínculo diferente, más o menos profundo. Los mayores del convite son mis abuelos maternos, ambos octogenarios. En el otro extremo de la vida están los hijos de mi hermano, que no alcanzan la década ni sumando sus edades.
Cenamos en el comedor del restaurante, en las mesas más próximas a la que fue la puerta de la vivienda. Décadas atrás, cuando El Charro era solo un bar, esta parte del comedor era el acceso directo a la casa y a la cochera. Mi abuela ayudó sobremanera en la cocina en aquellos primeros años. Tenía un brío extraordinario con los fogones y fue un respaldo para mis padres cuando iniciaron la aventura hostelera. En los recuerdos borrosos de aquella época la evoco enérgica y entregada a los demás, como lo sigue siendo todavía en los márgenes que aún controla.
Siempre ha sido igualmente vivo y apasionado mi abuelo, hasta que hace un par de años el tiempo le recordó que todo cambia, también el cuerpo. En la mesa, cuando me arranco con algún cante disparatado, me mira y se ríe, y percibo en él ese estado difuso entre estar apagado y, en ocasiones, feliz por el momento de la familia reunida.
Hago mi último servicio del año como camarero en esta cena íntima. Intento pensar en los demás en este tipo de encuentro, donde estoy tan acostumbrado a encontrármelo todo hecho. Así que les sirvo agua a mis primos, que descartan el alcohol, y me ocupo de que el resto tenga siempre vino o cerveza. También me esmero en retirar los platos vacíos mientras celebro la quedada por la compañía, el ambiente, los villancicos y la calidad de todo.
Mi tía impulsa el momento de las fotos para recordarles a mis abuelos que buena parte de los comensales están ahí por ellos:
—Sin vosotros no estaríamos aquí —les dice.
Aquí estamos. Otra Navidad más, todos juntos.


