Soñando con el maestro
Era un sueño vívido y tenía ese punto de realidad que tanto fascina de las historias que se derraman mientras el cuerpo descansa. En él, el maestro estaba sentado junto a mí, en una conversación en la que los roles parecían haberse invertido: él escuchaba y yo guiaba el diálogo.
C., uno de mis maestros favoritos de Lengua y Literatura, aparecía con sus rasgos de siempre, aunque algo atenuados: el pelo más cano y la delgadez propia de quien ha cambiado algo más que la dieta en su vida.
No recuerdo una sola palabra de lo que yo le contaba, pero sí el gesto serio, preocupado y atento con el que él sostenía un cigarrillo entre los labios. Es una de las imágenes icónicas que guardo de C.: nada más poner un pie fuera del instituto, se encendía un cigarro.
Le tengo un cariño descomunal porque fue una de las personas que suavizaron mi primer cambio de centro. Era un tipo simpático, divertido y, al mismo tiempo, muy claro con los límites: siempre remarcaba la frontera profesor/alumno dentro y fuera del aula. “No tenemos por qué ser amigos en la calle”, repetía a cada nueva generación.
Conectamos. A mí me encantaba escribir, y él era —y es— un lector voraz, además de amante del videojuego Tomb Raider. A menudo defendía que había que blindar el ocio con la misma disciplina que se dedica al trabajo. Es una idea rompedora que, tras nueve años de autónomo a mis espaldas, intento aplicarme.
Hablaba de nuestro vínculo. Sí: leímos Romeo y Julieta y vimos en clase la cinta de Baz Luhrmann; yo quise saber más sobre Shakespeare y, por mi cuenta, devoré Hamlet en la pantalla del PC con quince años. C. también me prestó la película del Hamlet de Mel Gibson. Tenía un aliado.
Años después, cuando coincidimos en la ciudad, intercambiamos impresiones sobre series y libros. Como otros profesores que me marcaron, C. vino a la presentación de mi primer libro, un gesto que interpreté como lealtad y orgullo.
No somos amigos. Quise entrevistarlo el curso pasado con motivo de su jubilación. Alegó una timidez extraordinaria y me propuso tomar unas cervezas que aún no se han dado. Me dijo también que iba a leer mi segundo libro de cuentos.
Supongo que el sueño viene de ahí, de esa quedada pendiente. Ojalá se dé. Todos los días son buenos para agradecer la influencia salvaje de los maestros.


